Cuando era niño, quería ser torero. Quería ser torero, como querer ser bombero o astronauta. Era un capricho de la niñez, no una vocación verdadera.
Con las agujas de tejer de mi mamá y con una toalla del baño improvisaba un estoque, banderillas y una capa que nunca fue roja. Ensayaba ensartarlas en un asiento con forro de tela, en el que siempre era más fácil disimular los agujeros que quedaban luego de cada faena, de lo que hubiera sido en uno de cuero.
No recuerdo más sonidos que los gritos de ole, no sé si improvisados por mis hermanos o provenientes del televisor en blanco y negro en el que veía las imágenes de las corridas, en los tiempos en los que por la caja cuadrada transmitían hasta las temporadas de ópera en el Teatro Colón. Supongo que por cuestiones de la edad, el toreo era para mí visual, no auditivo.