Publicado originalmente en Enter.co
Hace algunos meses leí un artículo en Internet según el cual con lo que se compraba un iPhone se podían comprar como 400 porciones de pizza o más… y eso fue antes de la llegada del 6s, y de que el aumento en el precio del dólar también disparara el de estos dispositivos y el de los equivalentes de otras marcas. Ahora se deben poder comprar 800 porciones de pizza… o más.
Los portales en los que se publicaba la información establecían el mismo parangón con otros tipos de bienes, enseres y servicios, cuya comparación con un Smartphone no era menos descabellada. Porque, seamos francos, no creo que a muchas personas les asalte esa duda a la hora de comprar un teléfono inteligente: ¿Qué compro, qué compro? ¿Este celular o 400 porciones de pizza?
Uno compara el precio de un iPhone con el de un Galaxy, un Lumia o los modelos equivalentes de Motorola, Huawei o LG, entre otras marcas. Pero de entrada, ya me da un poco de rebote pensar en comerme una tajada de pizza cada día durante más de un año, aparte de saltarme el principio básico de no comparar peras con manzanas.
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viernes, 11 de marzo de 2016
Manzanas con peras y pizzas con Smartphones…
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lunes, 28 de julio de 2014
El corrector ortográfico, la herramienta inútil
Publicado originalmente en Evaluamos.com
Si usted compra una libra de azúcar para preparar merengues, pero resulta que en vez de endulzar, sala la mezcla, seguramente no va a usar más ese ingrediente; al menos, no la misma marca. Si usted va en su carro y gira el timón hacia la derecha, pero resulta que el vehículo voltea hacia la izquierda, no tardará más que una esquina en llegar a la conclusión de que la dirección no sirve.
No entremos en detalles de los reclamos al fabricante y otros procesos posteriores: lo primero que uno hace cuando una herramienta no funciona es, al menos, evitar usarla. Sucede con cualquier cosa: si la píldora para el dolor de cabeza le produce un dolor más intenso, o si la pastilla para la garganta se la irrita más, usted deja de usar cualquiera de los dos medicamentos.
Claro, hay ocasiones en las que una herramienta que falla puede servir como excusa: “Ay, qué pena haber llegado tarde, pero este reloj se me atrasa”… Conste que no dije que fuera una buena excusa: si el reloj se atrasa y lo hace llegar tarde, ¿para qué lo usa? ¿Por qué no compra otro? ¿Por qué no llama al 117?
Y creo que lo mismo sucede con el corrector ortográfico: si en lugar de evitar que cometa errores lo hace cometer otros, ¿para qué lo usa? ¿Por qué no lo desactiva? En la mayoría de los casos, creería yo, porque sirve de excusa.
No sé si quienes utilizan este pretexto lo hacen de forma consciente y premeditada o si simplemente se volvió una frase de combate, de esas que la gente dice mecánicamente, sin pensar; pero no entiendo por qué la gente sigue usando el corrector ortográfico si le cambia o le escribe “palabras que no son”.
Lea el texto completo de esta entrada aquí.
Si usted compra una libra de azúcar para preparar merengues, pero resulta que en vez de endulzar, sala la mezcla, seguramente no va a usar más ese ingrediente; al menos, no la misma marca. Si usted va en su carro y gira el timón hacia la derecha, pero resulta que el vehículo voltea hacia la izquierda, no tardará más que una esquina en llegar a la conclusión de que la dirección no sirve.
No entremos en detalles de los reclamos al fabricante y otros procesos posteriores: lo primero que uno hace cuando una herramienta no funciona es, al menos, evitar usarla. Sucede con cualquier cosa: si la píldora para el dolor de cabeza le produce un dolor más intenso, o si la pastilla para la garganta se la irrita más, usted deja de usar cualquiera de los dos medicamentos.
Claro, hay ocasiones en las que una herramienta que falla puede servir como excusa: “Ay, qué pena haber llegado tarde, pero este reloj se me atrasa”… Conste que no dije que fuera una buena excusa: si el reloj se atrasa y lo hace llegar tarde, ¿para qué lo usa? ¿Por qué no compra otro? ¿Por qué no llama al 117?
Y creo que lo mismo sucede con el corrector ortográfico: si en lugar de evitar que cometa errores lo hace cometer otros, ¿para qué lo usa? ¿Por qué no lo desactiva? En la mayoría de los casos, creería yo, porque sirve de excusa.
No sé si quienes utilizan este pretexto lo hacen de forma consciente y premeditada o si simplemente se volvió una frase de combate, de esas que la gente dice mecánicamente, sin pensar; pero no entiendo por qué la gente sigue usando el corrector ortográfico si le cambia o le escribe “palabras que no son”.
Lea el texto completo de esta entrada aquí.
domingo, 15 de septiembre de 2013
La geolocalización y otros chistes malos
Publicada originalmente en Enter.co
Durante mi
infancia, me causaba curiosidad el termómetro que estaba en la puerta de la
nevera, en la casa de mis papas. Podía estar haciendo calor o frío; podía estar
lloviendo o haciendo un sol esplendoroso; podíamos estar cocinando con todos
los fogones a máxima potencia o simplemente mirando por la ventana: el
termómetro siempre marcaba 20 grados centígrados. Al final, era un adorno más,
porque como termómetro no servía para mucho...
Lo mismo (pero al
revés) sucede con algunas aplicaciones de mi teléfono inteligente: tengo -por
casualidad- unas cuatro de ellas que entregan información del estado del
tiempo, y no es extraño que a la misma hora y en el mismo lugar muestren
temperaturas con diferencias de cinco grados centígrados.
La situación
parece más o menos obvia, porque Bogotá es una ciudad muy grande en la que las
condiciones del tiempo no son las mismas en todas las zonas. Por eso, mientras
en el sur de la ciudad hace sol, en el centro puede estar cayendo un aguacero y
en el norte, una granizada.
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